Lo, lo, lo (el grito sagrado)
Fruto de la velocidad, sino de estos tiempos, o mejor: fruto de la atolondrada aceleración que algunos lenguajes se ven obligados a asumir por sinrazones de diversa índole (ya abundaremos), se desarrollan y establecen deformaciones involuntariamente llamativas en muchas de nuestras naturalizadas costumbres. A fin de no incurrir en lo que nos disponemos a criticar, se informa al lector que el presente escrito tiene como protagonista al Himno Nacional Argentino. Ojalá que esta advertencia le ayude a decidir si continúa invirtiendo su tiempo en la lectura.
Comenzaremos por el final (estrategia tan válida como cualquier otra, no se nos sospeche de recursillos marketineros).
Desde que tenemos memoria (algunos tenemos memoria propia de larga data, complementada con informaciones que la amplían), muchas justas deportivas – aquellas en las cuales compiten representaciones nacionales diversas – incluyen la ceremonia, antes de la confrontación propiamente dicha, de la ejecución de los himnos nacionales correspondientes. Muchas opiniones se han vertido acerca de la conveniencia de inflamar la vena patriótica ante la lid deportiva (lo que la acerca riesgosamente a la metáfora bélica) y no es la intención de este escrito abundar en ese sentido. Lo cierto es que, para muchas personas, los goles de Diego contra Inglaterra en el Mundial de México (uno con la mano, torciendo a “nuestro” favor la vara de la justicia y el otro, ejercitando la humillación del “enemigo”), actúan como confuso placebo vidicatorio respecto de una guerra perdida, cientos de soldados muertos y un territorio usurpado.
Pero volvamos al asunto de la canción patria. Desde que se juegan los campeonatos mundiales de fútbol, el partido propiamente dicho está precedido por la mencionada ceremonia en la cual, además de saludar al árbitro e intercambiar (hermosos) banderines, los equipos se disponen en una línea y se ejecutan (¿y cantan?) los respectivos himnos. No el del país de origen del árbitro, pobre, que necesariamente no comparte nacionalidad con los jugadores.
La Tele
Es el momento de la aparición en escena no del maravilloso, vilipendiado aparato, capaz de hacernos llegar infinidad de imágenes desde fuentes impensadas, pero sí la herramienta de domesticación masiva que, de un tiempo a esta parte y justamente gracias a la estratégica utilización de sus (repetiremos) maravillosos dones, es La Tele.
Alguna vez Don Alejandro Romay, otrora Zar de la Televisión, dueño en su momento de esplendor de Canal 9 , describió al borde del cinismo: “La Televisión es, principalmente, una herramienta para venderle cosas a la gente”. Esto es: así como el filósofo Dolínades (Clemente dixit) afirma que “todo lo que hacen los hombres es p´a levantar mujeres”, generalizando y haciendo cómplice de sus obsesiones al resto del género, Romay exponía crudamente la línea principal que rige las estrategias de los dueños de ese medio. Como siempre, hay matices. Pero la línea principal, es la línea principal.
Y la línea principal se nos terminó de imponer, en estas pampas, durante la segunda década infame, es decir: los nunca suficientemente vituperados “noventa”. Los noventa, en la insólitamente franca confesión del Dr. Dromi (uno de los arquitectos de la criatura) – “estamos de rodillas…” - , fueron la abertura (póngase aquí la imagen que el lector prefiera, el pudor del escriba reprime la descripción) por la cual se terminaron de establecer las reglas del sistema, pertinaz e impacientemente impulsadas desde los centros del poder.
“A los tibios los vomita Dios” dijo alguna vez el presidente del apellido capicúa ante cuya visión, de un tiempo a esta parte, algunos hombres nos tocamos el testículo izquierdo y algunas damas la parte de sus cuerpos que – según criterio – lo suplanta (al testículo, decimos). Entonces, después de la recomposición de fuerzas y las escaramuzas que acompañaron la endeble primavera alfonsinista (que nos dejó, sin embargo el inolvidable rugido de ratón de Don Raúl en las barbas mismas del Cow-Boy mayor), vino la aplanadora (de cerebros). Ninguna tibieza.
No casualmente, el año 1989 coincide con la reestructuración de los campeonatos de fútbol, el experimento del punto extra por penales, la división del campeonato en dos campeonatos, la adecuación del calendario nacional al europeo (porque es en Europa donde El Capital ha desarrollado el negocio, dada la necedad de los norteamericanos en seguir prefiriendo el béisbol o esa cosa llamada fútbol americano), el crecimiento del complejo televisivo-deportivo TyC Sports, etc. Hacemos la salvedad de estar midiendo épocas y no fechas puntuales. En los procesos, a veces es mejor evaluar con el permiso de cierta impresición. Es un criterio.
Entonces, en los últimos veinte años, nos hemos incorporado alegremente a la vorágine que El Mercado le ha impuesto al fútbol como negocio y a todas las trofias que de allí devienen. La institucionalización de la publicidad incluso compitiendo – en algunos experimentos soportados – con las imágenes del juego, el desglose de la fecha en una fecha para cada partido, para que la simultaneidad no interfiera con la optimización de los tiempos publicitarios (incluso pervirtiendo la ética deportiva en mas de una ocasión), etcétera.
Confluencia
Parecía que debiéramos disculparnos por la digresión. Pero no. Ni nos disculparemos, ni creemos que haya motivos que justificaran tal deber. Dijimos que nos referiríamos al Himano Nacional Argentino. Y eso haremos.
La versión del Himno Nacional Argentino oficializada como tal el 25 de setiembre de 1928 por decreto del Poder Ejecutivo (antes, en marzo de 1900 se había promulgado el decreto del P.E. por el cual sólo se cantaría en lo sucesivo – en los actos oficiales y escolares – la primera y la última cuarteta y el coro), es la que orquestó Juan Pedro Esnaola en 1860. Se hará necesario, ahora, un somero desvío explicativo respecto de ciertas precisiones técnicas referidas al canto.
Todas las personas venimos de fábrica con una amplitud de registro standard. Amplitud llamamos a la distancia entre el sonido más grave y el más agudo que alguien pueda cantar. Siempre hay excepciones, fenómenos, bichos raros o condiciones especiales que se adquieren con el entrenamiento intensivo. Pero, se reitera, la amplitud “normal” es igual para (casi) todas y todos. El ámbito es “dos octavas”. Para que se tenga noción: do-re-mi-fa-sol-la-si-do (y siguiendo)-re-mi-fa-sol-la-si-do. Todo sería tremendamente aburrido si, para todas las personas, el sonido mas grave – punto de partida de nuestras dos octavas - fuese el mismo. No es así. De la misma manera en que somos rubios o morochas, altas o bajos, de contextura delgada o redonditas, de ojos claros u oscuros, tenemos (y el “tenemos” abarca ambos géneros) voces de registro agudo, medio o grave (voces gruesas, medianas o finitas). Esto implica que, para cada tipo de voz, habrá un ámbito ideal de performance. Lo cual determinará, en cada caso, la tonalidad adecuada para su interpretación.
Las canciones (y en un sentido el Himno Nacional Argentino lo es) tienen extensiones de gran variedad. Hay canciones muy sencillas (algunas del repertorio infantil) cuya extensión es muy reducida (recuerdo ahora: “Dos por diez, dos por diez, bizcochitos calentitos dos por diez” cuya música podemos “escribir”: mi-re-doooo, mi-re-doooo, do-do-do-do, re-re-re-re, mi-re-doooo). Canciones populares en general tienen una octava de amplitud, con una extensión de una cuarta por debajo del centro tonal grave o una tercera-cuarta por sobre la tonalidad en el registro agudo. Pocas canciones utilizan el total de las dos octavas de extensión y no todo el mundo se les puede animar. Porque para eso, hay que haber conservado y tener en práctica aquella dotación “standard” con la que habíamos nacido. Nuestro Himno tiene una amplitud de 1.4 (una octava más cuatro notas en el registro agudo).
No es muy complicado deducir que, según sea la “tonalidad” elegida para su interpretación, habrá un grupo de personas que se sentirá perfectamente cómoda para cantar, otro grupo al que le será bastante exigido y otro grupo al que le resultará imposible (o andará recortando la melodía y cambiando de “octava” el registro, para que se acomode a sus posibilidades). Cuando la melodía es muy acotada (por ejemplo “Dos por diez”), es fácil ubicarla en una tonalidad en la cual, con sus mas y sus menos, todas y todos podamos cantar. Cuando la amplitud se extiende el tema se complica y caemos en el célebre “apotegma de Tim” (D.T. brasilero del San Lorenzo campeón de 1968): el equipo es como una frazada corta. Si te tapas la cabeza, se te destapan los pies. En este caso, lo que resulta agudo para algunos, dificulta el registro grave de otros.
Volvemos a Esnaola. Su versión es la que atormentó a varias generaciones de niños (lo que nos incluye) y de profesoras de música que aporreaban respectivos pianos persiguiendo las endiabladas escalas de la introducción y del intermedio del Himno Nacional. Es la versión que, interpretada por la Orquesta Estable y Coro del Teatro Colón, guiaba su entonación en actos oficiales y escolares. Esa versión – para comodidad de los ejecutantes de las bandas militares correspondientes – fue escrita en la tonalidad de Si bemol mayor. Sería un poco largo y/o engorroso explicar aquí los motivos técnicos. Pero, créasenos, Esnaola no pensó en el pueblo llano y en el canto como destinatario principal de su “arreglo”. Esto no nos lo dijo Esnaola, pero se deduce fácilmente en la práctica. La conclusión (trabajando sobre “el macro”, como nos han enseñado) es que, así como fue versionado por Esnaola, el Himno Nacional Argentino lo puede cantar un porcentaje bastante pequeño de la población (menos de 1/3).
La Cancha y La Tele
Estábamos en que, habiendo entrado los equipos a la cancha, se disponían los jugadores en fila y se ejecutaban los himnos respectivos. En la versión que aprendimos en la escuela (antes de los tiempos desregulados, del Himno según Charly o según Jairo/ Vitale) se inicia con un ceremoniosa introducción instrumental. El “lento” del inicio dura aproximadamente 36 segundos (dependiendo del pulso que elija el Director, el mas o el menos). En su segunda mitad, aparece la marcha, que completa 1:04´ antes de que irrumpa el canto. La primera parte del canto (aquellas dos cuartetas sintetizadas oficialmente en 1900) dura alrededor de 1:36´. Surge, entonces, la segunda parte instrumental. Un intermedio en forma de “polaca” en el decir del musicólogo Esteban Buch. La duración del intermedio es de 0:20´ y da paso al “coro” (“sean eternos los laureles…”) que ocupan alrededor de 0:50´.
Hasta que se produjo la (definitiva?) simbiosis fútbol/tele, coincidente con la caída del Muro de Berlín, el Himno Nacional se ejecutaba en esa versión “completa”.
Ahora, que gracias a los satélites y los avances tecnológicos se puede “vender” un evento (y con ello los espacios publicitarios respectivos) a una población de 1.000.000.000 (mil millones) de personas, ¿quién va a ser el/la estúpido/a que desperdicie 3:50 valiosísimos minutos en que nos enteremos, por ejemplo, qué tal suena el Himno Nacional Argelino?
La gente de La Tele, los que toman las decisiones, no suelen ser muy respetuosos de la opinión del otro. En general, el argumento mas elegante es: “no tenemos tiempo para discutirlo”. No nos cuesta mucho, ni creemos estar fantaseando, si imaginamos la orden del ejecutivo de televisión: “No podemos poner un himno que dure más de un minuto”. Claro: tampoco “podemos” interrumpir la emisión de un Himno Nacional yendo a la tanda por la mitad de una estrofa. La gente de La Tele es rápida y ejecutiva: “Muchachos de la Fifa: los himnos no pueden durar más de un minuto cada uno. Avisen a las asociaciones”. Y las asociaciones, socias de cada centavo que La Tele paga (incluso – a veces – en valores altamente generosos y sospechables en su origen), acceden educadamente. Utilizamos el vocablo “educadamente” porque cada asociación responderá a la “propuesta” según la educación de sus representantes. Nuestros connacionales van comprendiendo la referencia.
En consecuencia, se trata de resolver, en 60´´ una música que originalmente dura 3:50´. ¡Llamen a Hércules!
Ya en 1900, se decidió, desde los altos estratos del poder, suprimir la larga serie de estrofas que denostaban al invasor ibérico, que llamaban a construir la Patria Sudamericana, etc. Menos mal. Caso contrario, estaríamos hablando de una pieza de no menos de 20´. Ya vendrá, en otro capítulo, la limitación de sentido que esta reducción produjo sobre el texto de Vicente López. En cuanto a lo de resumir, cabe no asombrarse: La Marsellesa, de la cual en general apreciamos una mini-versión de 1:26´ (lo que la hace altamente adecuada al momento pre-futbolístico que analizamos) en su versión de 1 (una) estrofa y 1(un) coro, en realidad nos muestra el resumen Lerú de una obra de casi 10´de duración.
En fin: ahí tenemos a los Señores Productores de TeVe explicándole a los Señores Dirigentes de la Fifa que el momento de la ejecución hímnica no deberá insumir más de 1 (un) minuto por equipo (por país, por reino, por comunidad, por nación. ¿a quién le importa?). En el caso de La Marsellesa, ya se ha dicho, la versión descripta antes casi cumple con lo requerido. Good save the Queen, himno de nuestros odiados adversarios británicos es casi un ejemplo de adaptación: 1:08´ entre introducción, estrofa “a” y estrofa “b”.
¿Qué hacer (dijera Vladimir Ilich Lenin) con el Himno Nacional Argentino? La menos peor: iniciar directamente con la “polaca” del intermedio y brindar sólo el coro (“Sean eternos…”). Esto da un poco menos que 50´. No estaría tan mal al cabo: rescatar, del texto, la declaración solemne del deseo de libertad, aún a riesgo de la muerte. Es una buena enunciación y, además, contiene la parte mas emotiva de la canción.
Pero. Pero todo depende de cuál sea el parámetro y quién el burócrata. Supongamos que le han dado a un funcionario guyanés (con todo el respeto que nos merece la comunidad guyanesa) la elección del fragmento. Las multinacionales son así: pedís una reparación en Calamuchita y te atiende una operadora en Barbados. El eficiente técnico guyanés encuentra que la introducción instrumental dura casi un minuto. Apenas 04 segundos mas que 1 (un) minuto. Eureka! ¡Ese es el fragmento! No importan otras nimiedades, como que al cabo del minuto no se haya expresado (ni musical ni textualmente) ninguna referencia al país de origen. Ningún sentimiento, ningún rasgo cultural, ningún dato de pertenencia. Podríamos estar escuchando una obertura de Rossini. (En realidad: ¿no estamos escuchando una obertura de Rossini?)
“Acá tengo el fragmento del Himno Argentino, señor Jefe de Producción” (desconocemos cómo se dice esto en guyanés. ¿hablará en guyanés con su jefe el funcionario guyanés?).
Patria si, Colonia no ó el Guiño Peronista
Ya lo dijo oportunamente Juan Domingo Perón: “en Argentina hay socialistas, anarquistas, conservadores, etc.”. “¿Y peronistas?” “¡Peronistas somos todos!”. Un raro fenómeno cultural, que nos permitimos asignar a formas culturales y socio-culturales predominantemente peronistas, se corporiza en el Sindrome del Guiño Peronista (derechos reservados). Nos extenderemos sobre el particular:
Cuando mencionamos el Sindrome del Guiño, se nos representa la pícara sonrisa de Juan Perón emitiendo cualquiera de sus frases antológicas. En un compendio de argentinidad sólo comparable a las memorables frases memorables de Diego Maradona (“Se le escapó la tortuga”, “La pelota no se mancha”; “La mano de Dios”; etc.). Probablemente, las formas expresivas de Perón han sido mas campechanas, menos dramáticas que las de Diego, sin dejar de translucir profundidad (“La única verdad es la realidad”; “Yo soy un león hervívoro”; “¿Alguien ha visto un dólar”; la mencionada “Peronistas somos todos”). En virtud de su propia definición y por imperio de la propiedad recíproca de la igualdad (y no sin emitir un cómplice guiño peronista), podemos escribir que, si peronistas somos todos (los argentinos) y los argentinos somos consecuentes perpetradores del sindrome del guiño, el sindrome del guiño argentino es perfectamente definible como “El Sindrome del Guiño Peronista”.
Nacido probablemente en la Ciudad de Buenos Aires, inevitablemente el sindrome del guiño peronista se ha extendido en sus efectos a toda la nación, tomando en cada región el color local. La típica picardía criolla. La sonrisita del presidente de apellido capicúa, la manito de Diego, Néstor conjurando la mufa del que te dije en pleno juramento; Si dejáramos de afanar por dos años; los relojes de taxi macheteados; yo voy por la banquina; etc.
Hay un aspecto del Sindrome del Guiño Peronista especialmente antipático: (en estos días) “Aprobemos la ley anti-terrorista que nos pide del GAFI para permanecer en el G-20, después lo manejamos” (guiño). “Cantemos la música del rock, que es de Ellos, pero le ponemos letras en castellano” (guiño). “Mandemos una fragata a Kuwait, que después se las vamos a cobrar” (guiño). “Llamemos a los rusos, que se crean que lo de Malvinas va en serio” (guiño).
No pretende este escrito asumirse como ensayo acerca del peronismo. Para eso está Feinmann (José Pablo), que con tal de hablar de sí mismo, es capaz de recorrer al peronismo desde sus orígenes hasta que se encuentra con El y de ahí hasta la actualidad, privándonos, en virtud de su (de El) insoportable egocentrismo, de avanzar es sus inteligentes elaboraciones.
Volvamos a nuestro Himno Nacional y a su pintoresco cruce con el Sindrome del Guiño Peronista.
Habiendo descripto el imaginario proceso de jibarización de nuestra Canción Patria a cargo del funcionario guyanés, sucede (cabría averiguar con precisión en cuál oportunidad) una primera vez, en que la afición es sorprendida con la ejecución de un Himno que termina donde debería empezar. Aceptamos la posibilidad de que el evento se haya repetido alguna vez mas sin que El Sindrome del Guiño Peronista se pusiera en acción. A la tercera, cuarta vez (como máximo), desde la tribuna donde la fiel barra brava sostiene los trapos, parados sobre el para-avalanchas (como corresponde), pagados sus pasajes a Donde Quiera que Sea por la generosa e intrincada red de funcionarios-dirigentes-políticos-expertos del Sindrome (sean del Partido que fuere, por el postulado antes descripto), surge como un rugido de identidad patriótica el grito sagrado: “Lo, lo, lo!”. Sin duda, si no fuera porque en ese mismo instante las cámaras de televisión recorren en primeros planos los tensos rostros de futbolistas enmarcados por la camiseta a franjas celestes y blancas, si recortáramos el sonido puro de lo que en ese momento suena, podría un desprevenido suponer que se está interpretando la obertura de alguna ópera de autor europeo, en la cual el pueblo atormentado (durante la parte lenta) añora las épocas de esplendor y lamenta la muerte del rey tan valiente y bondadoso que ha sido atravesado por la lanza del enemigo. Y de pronto, el ánimo irresistible del pueblo enardecido, con la vidicta en el puño y las gargantas a pleno irrumpe: “¡Lo, lo, lo!”.
Pero no se trata de eso. Se trata de la forma bajo la cual La Tele puede aceptar la emisión de nuestro Himno. Por lo tanto, nada de rotas cadenas, ni mortales que tengan que oir, ni gritos sagrados, ni libertad ni mucho menos con gloria morir. Y en este punto es cuando aflora el astuto desafío que El Sindrome del Guiño Peronista prescribiría en su primer párrafo si existiera el Manual de Ingeniosos Recursos Argentinos: No nos importa que nos corten el texto, que de la melodía hímnica sólo quede esa neutra introducción, que no podamos jurar con gloria ni romper cadenas. Abrazados y con lágrimas verdaderas (así como verdadero es el Guiño que nos damos unos a otros en cómplice contraseña), demostramos nuestra superior viveza y picardía haciendo de “Lo, lo lo” un momento de conmovedora comunión patriótica.
“Lo, lo, lo” es, entonces, la síntesis del Sindrome del Guiño Peronista. “Ustedes nos joden, pero nosotros cantamos igual (Lo, lo, lo)”. “Ustedes nos apretan con esa ley de mierda y nosotros la firmamos, total después lo manejamos (Lo, lo, lo)”. “Ustedes nos llenan de Deuda Externa Inexistente, pero nosotros les pagamos una parte y los cagamos (Lo, lo, lo)”. “Ustedes colonizan nuestras formas musicales, pero nosotros cantamos Avellaneda´s Blues (Lo, lo, lo)”.
Facilitado, desde el punto de vista vocal, en la circunstancia de que la progresión melódica de “Lo, lo, lo” se inicia en la nota si bemol (grave) y culmina, a una octava de distancia en otra nota si bemol (aguda). Exactamente el centro de la frazada vocal promedio. Sobre el final, henchidos de patriotismo, algunos nos animamos a los arpegios culminantes, que tocan la nota fa (agudo) para mal de las cuerdas vocales silvestres. Es el momento de venganza del pueblo, condenado por Esnaola y sus secuaces a cantar el Himno Nacional en una tonalidad sólo apta para voces entrenadas o (en una menor proporción) favorecidas por el azar tonal.
En otro momento, abundaremos sobre la cuestión tonal del Himno. Es hora de que alguna mente sabia y generosa (no pícara, no ingeniosa), opere sobre la versión de nuestro Himno Nacional y adecue la tonalidad a las posibilidades de la mayoría. Somos muchos los que podríamos colaborar en tan loable tarea.
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