jueves, 9 de febrero de 2012

Grabando en Alemania

Grabando en Alemania

Cuando yo era adolescente (y yo he sido muuuuuy adolescente), tenía un amigo: Edu. Un día - estábamos terminando el secundario y él es un poco mayor que yo, divagábamos acercadel futuro (algo por demás propio de los adolescentes). Dijo Edu (que entonces trajinaba sin mayor éxito por los pasillos de la Facultad de Ciencias Exactas): "Lo que yo tendría que hacer, es estar sentado en un escritorio, que me traigan discos (estoy hablando de cuando la música se guardaba en y se reproducía de discos de vinilo), yo los escuche, y diga: éste si, éste no". Edu hablaba de su deseo de ser programador de repertorio de música clásica para un sello importante. Años después (varios años después), me lo encontré a Edu como Gerente de Repertorio de un importante sello grabador. Tenía un bonido escritorio y un buen reproductor de discos. Los escuchaba y decía: "Este si, éste no".

Mi reciente viaje a Alemania para producir artísticamente una grabación de música coral, se parece mucho al cuentito de Edu. Con el agregado de que, la música que se grabó, fue compuesta por mi.

Una mañana de Junio del 2007 (seguramente "una fría mañana"), me despertó el ring del teléfono. Desde Alemania, mi amigo Werner Pfaff, luchó un rato 1) contra mi inercia morféica, es decir contra mi dificultad para conectar en "on" la neurona. 2) contra mi incredulidad (francamente, era muy difícil que yo asumiera los dichos de Werner como algo más que una broma). Pero, conforme mi cerebro alcanzó su plenitud intelectual (lo que no es gran cosa, convengamos), llegué a la conclusión de que Werner no sería capaz de semejante broma (no está en su germana naturaleza). A partir de ese día, mi viaje a Karlsruhe comenzó a tomar forma.

Trataré de ser concreto y de no usar adjetivos: en dos etapas, que se cumplieron entre los días 11 y 21 de enero y 2 al 14 de febrero, se hizo realidad una forma de mi deseo. Durante la primera, colaboré con los ensayos, asistí y actué como presentador en dos conciertos del Studio Vocale Karlsruhe - uno en Karlsruhe y el otro en Limburg) y compartí con Werner la conducción de un taller sobre música coral latinoamericana (en la hermosa ciudad de Limburg, en el centro de Alemania). Al taller asistieron más de 100 directores de coro de toda Alemania, que mostraron su gusto y su interés por nuestra música. Del segundo de los conciertos, se publicó una crítica (ya veremos cómo se puede "colgar" en este sitio).

La segunda parte del trabajo consistió específicamente en la grabación del CD. El repertorio del CD está integrado completamente por obras y/o arreglos compuestos por mi,en distintas épocas de mi vida musical. Desde el arreglo de la "Canción del Caballo sin Jinete", escrito para el mítico "9 de Cámara" a mediados de los años ´70, hasta las Estaciones Porteñas de Piazzolla, compuestas en 2007, dedicadas especialmente al Studio Vocale Karlsruhe. Entre una y otras, algunas de mis obras basadas en textos de poetas argentinos (Balaúa - Oliverio Girondo; Toco tu boca - Cortázar), junto a arreglos sobre canciones del repertorio popular o folklórico (Cafetín de Buenos Aires - Mores/Discépolo; El día que me quieras - Gardel/Le Pera; Doña Ubensa - Chacho Echenique).

El proyecto está en plena marcha, avanzando sobre etapas legales y técnicas. Pero nada de lo que suceda en el futuro me quitará el gustito placentero y gratificante de compartir mi música con gente tan distante. Comprobar que el lenguaje de la música es tanto o más comunicativo que las palabras, por sabido, no deja de sorprender.

Continuará.

Javier
febrero del 2008

Acerca de Aurora

ACERCA DE AURORA

(La cámara enfoca en primer plano)

Después de un poco menos de dos compases de cuatro pulsos, durante los cuales simplemente se instalan el modo menor y una atmósfera de melancólica ceremonia, la melodía alza vuelo, desde el quinto grado hasta culminar el primer verso en el cielo de la tónica, para luego despeñarse hacia la tónica de la octava inferior, con el águila guerrera. Pero, como durante la segunda línea el texto se eleva audaz, la melodía
– desde el mismo punto de partida que en el anterior – alcanza el tercer grado de la segunda octava, mientras la armonía modula hacia la mediante para que el vuelo triunfal se pose sobre un novedoso modo mayor. La mención de la primera ala azul reconduce la armonía al modo menor original. El cuarto verso incluye la paradoja de un mar mas “alto” que el cielo, mientras la armonía trae reminiscencias de ciertos clisés hispánicos (la secuencia: tónica menor / séptimo / sexto/ quinto grado). Un sobrio intermedio de cuatro compases nos distrae levemente del tema principal, antes del inicio de la segunda estrofa. Aquí, la música se repite. Con exquisito ingenio, el traductor hace coincidir la palabra “alta” con el primer salto hacia la tónica y el punto más agudo de la frase lo alcanza la punta de la flecha (que el áureo rostro imita). Así, en los dos últimos versos, la descripción-metáfora se completa: el ala es paño, el águila es bandera. Llega, entonces, la culminación del aira. La tonalidad se mayoriza (se abrillanta a la cultura de nuestros oídos) para realzar el énfasis de la afirmación: Es la bandera de la Patria mía. Un discreto comentario en el sexto grado menor da indicios de su simbólica génesis (“…del Sol nacida, que me ha dado Dios”). Y los dos versos vuelven a repetirse para que la melodía se reencauce hacia una primera culminación en el nuevo modo mayor, no sin antes transitar un leve abismo cromático que conduce al primer grado sin pasar por el quinto. La orquesta vuelve a cantar lo que se acaba de cantar, ahora que el lenguaje musical puro hace resonar en la memoria el último texto. Y una última vez se subraya de qué se trata antes de que se pose la música sobre la palabra Dios, en la tónica del modo y al alcance de cualquier registro vocal.

(Ahora, la cámara se retira un poco)

Aurora no fue compuesta como canción, sino como parte emotiva de la ópera homónima. Como cabe a toda ópera “a la italiana”, los libretistas Héctor Cipriano Quesada y Luigi Illica, ponen en la voz del tenor Mariano, (patriota, seminarista y enamorado de la hija del jefe de los realistas) esta aria de singular belleza. La acción de la obra se sitúa en la ciudad de Córdoba, adonde llegan las noticias del incipiente movimiento emancipador que ha dado su primer paso el 25 de mayo de 1810. El drama se inicia en un aula de la biblioteca en la iglesia y convento de la Compañía de Jesús, en Córdoba. El seminarista Mariano recibe en secreto un mensaje escondido dentro de un ramo de flores que han depositado ante la Virgen: “Jóvenes: Saludad a la aurora que surge en el cielo de la patria. La lucha por la Independencia principia hoy 25 de mayo; hoy comienza la patria”. El conflicto se instala entre Mariano, adepto a las filas revolucionarias, don Ignacio de la Puente, jefe de la guarnición realista, y Aurora, la hija de este último. En el transcurso del drama, sucede el fusilamiento de Liniers por parte de las fuerzas patriotas. El final (final trágico, como el de muchas de las óperas italianas que conocemos: Tosca, sobre todo Rigoletto – en eso de matar a la propia hija) desemboca en la muerte de uno de los protagonistas (Aurora, muerta por las balas realistas que comanda su padre) en brazos de su amante (Mariano). Sus últimas palabras, mientras amanece: “Mirad, es la aurora. Dios la escribe en el cielo con el sol y en la tierra con mi sangre”. Mientras esto sucede, la orquesta deja oír una cita del Himno Nacional Argentino.

(Ahora, la cámara se aleja un poco más)
No está muy claro si por encargo, el estreno de la ópera Aurora anticipó en poco más de un año los fastos del primer centenario. Nacido Ettore Panizza e inmortalizado como Héctor Panizza, su compositor fue becado por el gobierno argentino para que estudiara en Roma. Allí debutó como director de orquesta en 1899 y se le conoce la composición de cuatro óperas: “Fiancée de la Mer”, “Medio Evo” (estrenada por el célebre Arturo Toscanini), “Aurora” y la postrer “Bizancio”. Siendo la primera ópera estrenada en el Teatro Colón, es de suponer que las autoridades – dignas representantes de la generación del ´80, ese año bajo la presidencia de José Figueroa Alcorta – tuvieron bien en cuenta la temática y la estética que la obra exhibiera. Al fin y al cabo, era un buen momento para que la oligarquía criolla se celebrara a sí misma. No parece casual que el protagonista y héroe fuera un seminarista y que el lugar elegido por los patriotas (en la ficción del argumento) para sostener la resistencia a los realistas, un convento. Sucede también una interesante extrapolación histórica, ya que la conmovedora aria a la bandera es cantada (en la ficción del argumento), un par de años antes de ser creada por Manuel Belgrano. También se permitió Panizza incluir, en el momento de la muerte de la heroína y coincidiendo con la aurora matutina, una cita del Himno Nacional. Resumiendo: el nacimiento simbólico de la Nación se muestra hegemonizado por el eje ejército/iglesia y el nacimiento de la ópera Aurora actúa como acto de apropiación de los orígenes de la Patria por parte de quienes detentan el poder de la Nación. Así como se importa mármol de Carrara para la construcción de sus fastuosos edificios, bien puede importarse al libretista de Tosca, de La Boheme y de Andrea Chénier para construir los tendenciosos cimientos históricos que la obra narra. Que la obra narra en idioma italiano, ya que la traducción de Aurora a nuestro lenguaje no fue un detalle que le importara demasiado a los celebradores del centenario. Recién el 9 de julio de 1945, el entonces presidente Edelmiro Farell y su vice-presidente Juan Perón asistieron al estreno de la versión transcripta por Josué Quesada.

(Ahora la cámara muestra un plano general)
En los alrededores del 9 de julio de 2009, un grupo de intelectuales da a conocer el nacimiento del Grupo Aurora, con el propósito de elaborar propuestas con vistas a “…recuperar las mejores tradiciones enraizadas en el pasado republicano y aportar al inexistente debate de ideas en que se ha sumido al pueblo argentino". Conforman este destacado conjunto numerosos pensadores de la talla de Félix Luna, Jorge Vanossi, Daniel Sabsay, Marcos Aguinis, Atilio Alterini, Horacio Sanguinetti, entre otros. Haciendo expresa mención al factor que los une: “…Se trata de una serie de escritores, historiadores y reconocidos juristas que se definen por el denominador común de ser “no peronistas”, que se presentan también como una alternativa al espacio Carta Abierta, en el cual – acusan – no existe ningún intercambio de ideas. Entre los mencionados integrantes del flamante “think tank” cabe destacar a Horacio Sanguinetti, de triste memoria para los estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires de varias generaciones, operómano y ex director del Teatro Colón (cerrado y semi-destruido y ahora bajo las uñas de otro funcionario de Pro, García Caffi), quien no habrá sido ajeno a la elección del nombre Aurora para designar al engendro. Nadie tiene porqué sospechar que estos bienintencionados pensadores se estén posicionando como vanguardia cultural de un hipotético renacimiento neo-liberal, en vísperas del bicentenario, generando una re-apropiación del espacio simbólico de la Patria por parte de los ancestrales poseedores de bizarros títulos. Ellos no cobrarán por el gesto. Son verdaderos aristócratas del pensar. Coherencia no les falta. Alcanza con acercar y alejar la cámara para ver cómo operan . Por las dudas, pretende éste modesto escrito aportar al “debate de ideas” que ellos proponen.

Taller del Biecentenario en Villa Constitución

Taller del Bicentenario en Villa Constitución

Durante el fin de semana largo alusivo a la conmemoración sanmartiniana, realizamos en la ciudad de Villa Constitución - Prov. de Santa Fe, un Taller Coral que denominamos Taller Coral del Bicentenario.
Trabajamos durante el taller varias composiciones basadas en repertorio popular, dando un panorama de la historia argentina y de la música coral argentina durante doscientos años.
Vista desde el público, de la Muestra del Taller del Bicentenario, realizada en el Teatro de la Soc. Española de Villa Constitución, el lunes 16 de agosto de 2010.

Se ve bonito ¿no?

noticias de mi paso limburg

NOTICIAS DE MI PASO POR LINBURG

Cuando las voces bailan el tango
Por Willibald Schenk


Limburg. Cada año se dan cita renombrados directores de coro de todo el mundo en el Foro de Directores Corales de Limburg, una institución que ejerce una fuerte atracción por la importancia que reviste para la práctica coral. De esto, también da muestra en cada edición de este Foro el concierto que se realiza en la Iglesia Evangélica, al que no sólo asiste un auditorio de especialistas, sino también un público interesado.
Esta vez, los visitantes que colmaban el recinto de la iglesia disfrutaron de un concierto fuera de serie; entre otras razones, porque en esta oportunidad ofrecía varios estrenos de una vibrante música coral con aire argentino. Es la impronta del estilo musical de Javier Zentner, compositor y director de coros nacido en Buenos Aires en 1951, con su capacidad de transmitir con gran arte y en forma inigualable los tangos clásicos y la música folclórica de su país.

Que Werner Pfaff, docente del Foro y director reconocido internacionalmente, haya sido el elegido para presentar una música coral inusual y exigente, también tiene que ver con el hecho de que con el “Studio Vocale Karlsruhe”, su coro de cámara de proyecto, Werner Pfaff cuenta con un grupo integrado por bellas voces femeninas y masculinas que siempre vuelve a mostrar su capacidad de ofrecer prestaciones extraordinarias, de lo cual también dan testimonio varios primeros premios internacionales.

En Limburg, el excelente rendimiento de este coro de grandes ambiciones artísticas volvió a sorprender a los oyentes y también a Javier Zentner, el compositor presente que seguramente estaba esperando con gran expectación los estrenos salidos de su pluma. Javier Zentner trabaja en la Argentina con diversos grupos musicales de diferente integración. En su trabajo, le fascina la posibilidad de incorporar elementos extraordinarios en cada una de las cuerdas. Para Zentner, la voz humana es más que sólo un “soporte melódico”, por lo cual también utiliza elementos percusivos que producen un gran efecto.

En la Iglesia Evangélica se presenciaron muchos ejemplos de este juego, justamente en los arreglos, en un sentido moderno, de los tangos de Astor Piazzolla. Aquí, el tango es remitido a una estilización artística, pero sin omitir el ritmo de habanera, siempre presente ya sea en un primer o segundo plano. “Balaúa”, el título del concierto, hizo referencia principalmente a la primera parte del programa, dedicada a diferentes versiones del poema de amor traducido a sonido.

Así también los “Haikus” de Jorge Luis Borges, que ofrecen una descripción musical extraordinaria de estos textos literarios. En sus contribuciones bien elaboradas, el director Werner Pfaff ha percibido esta música como un discurso sonoro en el sentido más genuino, que su coro de cámara interpretó con seguridad, solvencia y toda la disposición de ser el portador de dicha intención. La interpretación de esta música coral demuestra el notable dominio que profesa en ese rubro.

Luego, otro estreno de Javier Zentner: “Agito el Mundo”, cuyo título es una parábola de su contenido. Esta obra, que habla de despedidas y recuerdos, fue uno de los puntos culminantes del concierto. Todos los arreglos pusieron de manifiesto una música vibrante y emotiva, expresando también el gran apego de Zentner a su patria y su cultura. El compositor, que proporcionó explicaciones sobre sus obras, fue calurosamente aclamado por los oyentes.

No debemos olvidar la belleza de las voces de los y las solistas: Ellen Majer, Barbare Mehr (sopranos), Pia Oberbillig, Dagmar Klug (contraltos), Pehuén Naranjo, Thomas Wyss (tenores), Claus Temps y Roland Grunenberg (bajos), que cooperaron en forma excelente con el ensemble, logrando que, bajo la dirección de Werner Pfaff, el concierto de clausura se transformara en una experiencia coral muy especial.

La adecuada reacción del público no se hizo esperar: un estruendoso aplauso y reiterados pedidos de “otra!”.
 

lo lo lo

Lo, lo, lo (el grito sagrado)

Fruto de la velocidad, sino de estos tiempos, o mejor: fruto de la atolondrada aceleración que algunos lenguajes se ven obligados a asumir por sinrazones de diversa índole (ya abundaremos), se desarrollan y establecen deformaciones involuntariamente llamativas en muchas de nuestras naturalizadas costumbres. A fin de no incurrir en lo que nos disponemos a criticar, se informa al lector que el presente escrito tiene como protagonista al Himno Nacional Argentino. Ojalá que esta advertencia le ayude a decidir si continúa invirtiendo su tiempo en la lectura.

Comenzaremos por el final (estrategia tan válida como cualquier otra, no se nos sospeche de recursillos marketineros).

Desde que tenemos memoria (algunos tenemos memoria propia de larga data, complementada con informaciones que la amplían), muchas justas deportivas – aquellas en las cuales compiten representaciones nacionales diversas – incluyen la ceremonia, antes de la confrontación propiamente dicha, de la ejecución de los himnos nacionales correspondientes. Muchas opiniones se han vertido acerca de la conveniencia de inflamar la vena patriótica ante la lid deportiva (lo que la acerca riesgosamente a la metáfora bélica) y no es la intención de este escrito abundar en ese sentido. Lo cierto es que, para muchas personas, los goles de Diego contra Inglaterra en el Mundial de México (uno con la mano, torciendo a “nuestro” favor la vara de la justicia y el otro, ejercitando la humillación del “enemigo”), actúan como confuso placebo vidicatorio respecto de una guerra perdida, cientos de soldados muertos y un territorio usurpado.

Pero volvamos al asunto de la canción patria. Desde que se juegan los campeonatos mundiales de fútbol, el partido propiamente dicho está precedido por la mencionada ceremonia en la cual, además de saludar al árbitro e intercambiar (hermosos) banderines, los equipos se disponen en una línea y se ejecutan (¿y cantan?) los respectivos himnos. No el del país de origen del árbitro, pobre, que necesariamente no comparte nacionalidad con los jugadores.

La Tele

Es el momento de la aparición en escena no del maravilloso, vilipendiado aparato, capaz de hacernos llegar infinidad de imágenes desde fuentes impensadas, pero sí la herramienta de domesticación masiva que, de un tiempo a esta parte y justamente gracias a la estratégica utilización de sus (repetiremos) maravillosos dones, es La Tele.

Alguna vez Don Alejandro Romay, otrora Zar de la Televisión, dueño en su momento de esplendor de Canal 9 , describió al borde del cinismo: “La Televisión es, principalmente, una herramienta para venderle cosas a la gente”. Esto es: así como el filósofo Dolínades (Clemente dixit) afirma que “todo lo que hacen los hombres es p´a levantar mujeres”, generalizando y haciendo cómplice de sus obsesiones al resto del género, Romay exponía crudamente la línea principal que rige las estrategias de los dueños de ese medio. Como siempre, hay matices. Pero la línea principal, es la línea principal.

Y la línea principal se nos terminó de imponer, en estas pampas, durante la segunda década infame, es decir: los nunca suficientemente vituperados “noventa”. Los noventa, en la insólitamente franca confesión del Dr. Dromi (uno de los arquitectos de la criatura) – “estamos de rodillas…” - , fueron la abertura (póngase aquí la imagen que el lector prefiera, el pudor del escriba reprime la descripción) por la cual se terminaron de establecer las reglas del sistema, pertinaz e impacientemente impulsadas desde los centros del poder.

“A los tibios los vomita Dios” dijo alguna vez el presidente del apellido capicúa ante cuya visión, de un tiempo a esta parte, algunos hombres nos tocamos el testículo izquierdo y algunas damas la parte de sus cuerpos que – según criterio – lo suplanta (al testículo, decimos). Entonces, después de la recomposición de fuerzas y las escaramuzas que acompañaron la endeble primavera alfonsinista (que nos dejó, sin embargo el inolvidable rugido de ratón de Don Raúl en las barbas mismas del Cow-Boy mayor), vino la aplanadora (de cerebros). Ninguna tibieza.

No casualmente, el año 1989 coincide con la reestructuración de los campeonatos de fútbol, el experimento del punto extra por penales, la división del campeonato en dos campeonatos, la adecuación del calendario nacional al europeo (porque es en Europa donde El Capital ha desarrollado el negocio, dada la necedad de los norteamericanos en seguir prefiriendo el béisbol o esa cosa llamada fútbol americano), el crecimiento del complejo televisivo-deportivo TyC Sports, etc. Hacemos la salvedad de estar midiendo épocas y no fechas puntuales. En los procesos, a veces es mejor evaluar con el permiso de cierta impresición. Es un criterio.

Entonces, en los últimos veinte años, nos hemos incorporado alegremente a la vorágine que El Mercado le ha impuesto al fútbol como negocio y a todas las trofias que de allí devienen. La institucionalización de la publicidad incluso compitiendo – en algunos experimentos soportados – con las imágenes del juego, el desglose de la fecha en una fecha para cada partido, para que la simultaneidad no interfiera con la optimización de los tiempos publicitarios (incluso pervirtiendo la ética deportiva en mas de una ocasión), etcétera.

Confluencia

Parecía que debiéramos disculparnos por la digresión. Pero no. Ni nos disculparemos, ni creemos que haya motivos que justificaran tal deber. Dijimos que nos referiríamos al Himano Nacional Argentino. Y eso haremos.

La versión del Himno Nacional Argentino oficializada como tal el 25 de setiembre de 1928 por decreto del Poder Ejecutivo (antes, en marzo de 1900 se había promulgado el decreto del P.E. por el cual sólo se cantaría en lo sucesivo – en los actos oficiales y escolares – la primera y la última cuarteta y el coro), es la que orquestó Juan Pedro Esnaola en 1860. Se hará necesario, ahora, un somero desvío explicativo respecto de ciertas precisiones técnicas referidas al canto.

Todas las personas venimos de fábrica con una amplitud de registro standard. Amplitud llamamos a la distancia entre el sonido más grave y el más agudo que alguien pueda cantar. Siempre hay excepciones, fenómenos, bichos raros o condiciones especiales que se adquieren con el entrenamiento intensivo. Pero, se reitera, la amplitud “normal” es igual para (casi) todas y todos. El ámbito es “dos octavas”. Para que se tenga noción: do-re-mi-fa-sol-la-si-do (y siguiendo)-re-mi-fa-sol-la-si-do. Todo sería tremendamente aburrido si, para todas las personas, el sonido mas grave – punto de partida de nuestras dos octavas -  fuese el mismo. No es así. De la misma manera en que somos rubios o morochas, altas o bajos, de contextura delgada o redonditas, de ojos claros u oscuros, tenemos (y el “tenemos” abarca ambos géneros) voces de registro agudo, medio o grave (voces gruesas, medianas o finitas). Esto implica que, para cada tipo de voz, habrá un ámbito ideal de performance. Lo cual determinará, en cada caso, la tonalidad adecuada para su interpretación.

Las canciones (y en un sentido el Himno Nacional Argentino lo es) tienen extensiones de gran variedad. Hay canciones muy sencillas (algunas del repertorio infantil) cuya extensión es muy reducida (recuerdo ahora: “Dos por diez, dos por diez, bizcochitos calentitos dos por diez” cuya música podemos “escribir”: mi-re-doooo, mi-re-doooo, do-do-do-do, re-re-re-re, mi-re-doooo). Canciones populares en general tienen una octava de amplitud, con una extensión de una cuarta por debajo del centro tonal grave o una tercera-cuarta por sobre la tonalidad en el registro agudo. Pocas canciones utilizan el total de las dos octavas de extensión y no todo el mundo se les puede animar. Porque para eso, hay que haber conservado y tener en práctica aquella dotación “standard” con la que habíamos nacido. Nuestro Himno tiene una amplitud de 1.4 (una octava más cuatro notas en el registro agudo).

No es muy complicado deducir que, según sea la “tonalidad” elegida para su interpretación, habrá un grupo de personas que se sentirá perfectamente cómoda para cantar, otro grupo al que le será bastante exigido y otro grupo al que le resultará imposible (o andará recortando la melodía y cambiando de “octava” el registro, para que se acomode a sus posibilidades). Cuando la melodía es muy acotada (por ejemplo “Dos por diez”), es fácil ubicarla en una tonalidad en la cual, con sus mas y sus menos, todas y todos podamos cantar. Cuando la amplitud se extiende el tema se complica y caemos en el célebre “apotegma de Tim” (D.T. brasilero del San Lorenzo campeón de 1968): el equipo es como una frazada corta. Si te tapas la cabeza, se te destapan los pies. En este caso, lo que resulta agudo para algunos, dificulta el registro grave de otros.

Volvemos a Esnaola. Su versión es la que atormentó a varias generaciones de niños (lo que nos incluye) y de profesoras de música que aporreaban respectivos pianos persiguiendo las endiabladas escalas de la introducción y del intermedio del Himno Nacional. Es la versión que, interpretada por la Orquesta Estable y Coro del Teatro Colón, guiaba su entonación en actos oficiales y escolares. Esa versión – para comodidad de los ejecutantes de las bandas militares correspondientes – fue escrita en la tonalidad de Si bemol mayor. Sería un poco largo y/o engorroso explicar aquí los motivos técnicos. Pero, créasenos, Esnaola no pensó en el pueblo llano y en el canto como destinatario principal de su “arreglo”. Esto no nos lo dijo Esnaola, pero se deduce fácilmente en la práctica. La conclusión (trabajando sobre “el macro”, como nos han enseñado) es que, así como fue versionado por Esnaola, el Himno Nacional Argentino lo puede cantar un porcentaje bastante pequeño de la población (menos de 1/3).

La Cancha y La Tele

Estábamos en que, habiendo entrado los equipos a la cancha, se disponían los jugadores en fila y se ejecutaban los himnos respectivos. En la versión que aprendimos en la escuela (antes de los tiempos desregulados, del Himno según Charly o según Jairo/ Vitale) se inicia con un ceremoniosa introducción instrumental. El “lento” del inicio dura aproximadamente 36 segundos (dependiendo del pulso que elija el Director, el mas o el menos)mos Avellaneda parte y los cagamos (Lo, lo, lo)"alidad snantes, . En su segunda mitad, aparece la marcha, que completa 1:04´ antes de que irrumpa el canto. La primera parte del canto (aquellas dos cuartetas sintetizadas oficialmente en 1900) dura alrededor de 1:36´. Surge, entonces, la segunda parte instrumental. Un intermedio en forma de “polaca” en el decir del musicólogo Esteban Buch. La duración del intermedio es de 0:20´ y da paso al “coro” (“sean eternos los laureles…”) que ocupan alrededor de 0:50´.

Hasta que se produjo la (definitiva?) simbiosis fútbol/tele, coincidente con la caída del Muro de Berlín, el Himno Nacional se ejecutaba en esa versión “completa”.

Ahora, que gracias a los satélites y los avances tecnológicos se puede “vender” un evento (y con ello los espacios publicitarios respectivos) a una población de 1.000.000.000 (mil millones) de personas, ¿quién va a ser el/la estúpido/a que desperdicie 3:50 valiosísimos minutos en que nos enteremos, por ejemplo, qué tal suena el Himno Nacional Argelino?

La gente de La Tele, los que toman las decisiones, no suelen ser muy respetuosos de la opinión del otro. En general, el argumento mas elegante es: “no tenemos tiempo para discutirlo”. No nos cuesta mucho, ni creemos estar fantaseando, si imaginamos la orden del ejecutivo de televisión: “No podemos poner un himno que dure más de un minuto”. Claro: tampoco “podemos” interrumpir la emisión de un Himno Nacional yendo a la tanda por la mitad de una estrofa. La gente de La Tele es rápida y ejecutiva: “Muchachos de la Fifa: los himnos no pueden durar más de un minuto cada uno. Avisen a las asociaciones”. Y las asociaciones, socias de cada centavo que La Tele paga (incluso – a veces – en valores altamente generosos y sospechables en su origen), acceden educadamente. Utilizamos el vocablo “educadamente” porque cada asociación responderá a la “propuesta” según la educación de sus representantes. Nuestros connacionales van comprendiendo la referencia.

En consecuencia, se trata de resolver, en 60´´ una música que originalmente dura 3:50´. ¡Llamen a Hércules!

Ya en 1900, se decidió, desde los altos estratos del poder, suprimir la larga serie de estrofas que denostaban al invasor ibérico, que llamaban a construir la Patria Sudamericana, etc. Menos mal. Caso contrario, estaríamos hablando de una pieza de no menos de 20´. Ya vendrá, en otro capítulo, la limitación de sentido que esta reducción produjo sobre el texto de Vicente López. En cuanto a lo de resumir, cabe no asombrarse: La Marsellesa, de la cual en general apreciamos una mini-versión de 1:26´ (lo que la hace altamente adecuada al momento pre-futbolístico que analizamos) en su versión de 1 (una) estrofa y 1(un) coro, en realidad nos muestra el resumen Lerú de una obra de casi 10´de duración.

En fin: ahí tenemos a los Señores Productores de TeVe explicándole a los Señores Dirigentes de la Fifa que el momento de la ejecución hímnica no deberá insumir más de 1 (un) minuto por equipo (por país, por reino, por comunidad, por nación. ¿a quién le importa?). En el caso de La Marsellesa, ya se ha dicho, la versión descripta antes casi cumple con lo requerido. Good save the Queen, himno de nuestros odiados adversarios británicos es casi un ejemplo de adaptación: 1:08´ entre introducción, estrofa “a” y estrofa “b”.

¿Qué hacer (dijera Vladimir Ilich Lenin) con el Himno Nacional Argentino? La menos peor: iniciar directamente con la “polaca” del intermedio y brindar sólo el coro (“Sean eternos…”). Esto da un poco menos que 50´. No estaría tan mal al cabo: rescatar, del texto, la declaración solemne del deseo de libertad, aún a riesgo de la muerte. Es una buena enunciación y, además, contiene la parte mas emotiva de la canción.

Pero. Pero todo depende de cuál sea el parámetro y quién el burócrata. Supongamos que le han dado a un funcionario guyanés (con todo el respeto que nos merece la comunidad guyanesa) la elección del fragmento. Las multinacionales son así: pedís una reparación en Calamuchita y te atiende una operadora en Barbados. El eficiente técnico guyanés encuentra que la introducción instrumental dura casi un minuto. Apenas 04 segundos mas que 1 (un) minuto. Eureka! ¡Ese es el fragmento! No importan otras nimiedades, como que al cabo del minuto no se haya expresado (ni musical ni textualmente) ninguna referencia al país de origen. Ningún sentimiento, ningún rasgo cultural, ningún dato de pertenencia. Podríamos estar escuchando una obertura de Rossini. (En realidad: ¿no estamos escuchando una obertura de Rossini?)

“Acá tengo el fragmento del Himno Argentino, señor Jefe de Producción” (desconocemos cómo se dice esto en guyanés. ¿hablará en guyanés con su jefe el funcionario guyanés?).

Patria si, Colonia no ó el Guiño Peronista

Ya lo dijo oportunamente Juan Domingo Perón: “en Argentina hay socialistas, anarquistas, conservadores, etc.”. “¿Y peronistas?” “¡Peronistas somos todos!”. Un raro fenómeno cultural, que nos permitimos asignar a formas culturales y socio-culturales predominantemente peronistas, se corporiza en el Sindrome del Guiño Peronista (derechos reservados). Nos extenderemos sobre el particular:

Cuando mencionamos el Sindrome del Guiño, se nos representa la pícara sonrisa de Juan Perón emitiendo cualquiera de sus frases antológicas. En un compendio de argentinidad sólo comparable a las memorables frases memorables de Diego Maradona (“Se le escapó la tortuga”, “La pelota no se mancha”; “La mano de Dios”; etc.). Probablemente, las formas expresivas de Perón han sido mas campechanas, menos dramáticas que las de Diego, sin dejar de translucir profundidad (“La única verdad es la realidad”; “Yo soy un león hervívoro”; “¿Alguien ha visto un dólar”; la mencionada “Peronistas somos todos”). En virtud de su propia definición y por imperio de la propiedad recíproca de la igualdad (y no sin emitir un cómplice guiño peronista), podemos escribir que, si peronistas somos todos (los argentinos) y los argentinos somos consecuentes perpetradores del sindrome del guiño, el sindrome del guiño argentino es perfectamente definible como “El Sindrome del Guiño Peronista”.

Nacido probablemente en la Ciudad de Buenos Aires, inevitablemente el sindrome del guiño peronista se ha extendido en sus efectos a toda la nación, tomando en cada región el color local. La típica picardía criolla. La sonrisita del presidente de apellido capicúa, la manito de Diego, Néstor conjurando la mufa del que te dije en pleno juramento; Si dejáramos de afanar por dos años; los relojes de taxi macheteados; yo voy por la banquina; etc.

Hay un aspecto del Sindrome del Guiño Peronista especialmente antipático: (en estos días) “Aprobemos la ley anti-terrorista que nos pide del GAFI  para permanecer en el G-20, después lo manejamos” (guiño). “Cantemos la música del rock, que es de Ellos, pero le ponemos letras en castellano” (guiño). “Mandemos una fragata a Kuwait, que después se las vamos a cobrar” (guiño). “Llamemos a los rusos, que se crean que lo de Malvinas va en serio” (guiño).

No pretende este escrito asumirse como ensayo acerca del peronismo. Para eso está Feinmann (José Pablo), que con tal de hablar de sí mismo, es capaz de recorrer al peronismo desde sus orígenes hasta que se encuentra con El y de ahí hasta la actualidad, privándonos, en virtud de su (de El) insoportable egocentrismo, de avanzar es sus inteligentes elaboraciones.

Volvamos a nuestro Himno Nacional y a su pintoresco cruce con el Sindrome del Guiño Peronista.

Habiendo descripto el imaginario proceso de jibarización de nuestra Canción Patria a cargo del funcionario guyanés, sucede (cabría averiguar con precisión en cuál oportunidad) una primera vez, en que la afición es sorprendida con la ejecución de un Himno que termina donde debería empezar. Aceptamos la posibilidad de que el evento se haya repetido alguna vez mas sin que El Sindrome del Guiño Peronista se pusiera en acción. A la tercera, cuarta vez (como máximo), desde la tribuna donde la fiel barra brava sostiene los trapos, parados sobre el para-avalanchas (como corresponde), pagados sus pasajes a Donde Quiera que Sea por la generosa e intrincada red de funcionarios-dirigentes-políticos-expertos del Sindrome (sean del Partido que fuere, por el postulado antes descripto), surge como un rugido de identidad patriótica el grito sagrado: “Lo, lo, lo!”. Sin duda, si no fuera porque en ese mismo instante las cámaras de televisión recorren en primeros planos los tensos rostros de futbolistas enmarcados por la camiseta a franjas celestes y blancas, si recortáramos el sonido puro de lo que en ese momento suena, podría un desprevenido suponer que se está interpretando la obertura de alguna ópera de autor europeo, en la cual el pueblo atormentado (durante la parte lenta) añora las épocas de esplendor y lamenta la muerte del rey tan valiente y bondadoso que ha sido atravesado por la lanza del enemigo. Y de pronto, el ánimo irresistible del pueblo enardecido, con la vidicta en el puño y las gargantas a pleno irrumpe: “¡Lo, lo, lo!”.

Pero no se trata de eso. Se trata de la forma bajo la cual La Tele puede aceptar la emisión de nuestro Himno. Por lo tanto, nada de rotas cadenas, ni mortales que tengan que oir, ni gritos sagrados, ni libertad ni mucho menos con gloria morir. Y en este punto es cuando aflora el astuto desafío que El Sindrome del Guiño Peronista prescribiría en su primer párrafo si existiera el Manual de Ingeniosos Recursos Argentinos: No nos importa que nos corten el texto, que de la melodía hímnica sólo quede esa neutra introducción, que no podamos jurar con gloria ni romper cadenas. Abrazados y con lágrimas verdaderas (así como verdadero es el Guiño que nos damos unos a otros en cómplice contraseña), demostramos nuestra superior viveza y picardía haciendo de “Lo, lo lo” un momento de conmovedora comunión patriótica.

“Lo, lo, lo” es, entonces, la síntesis del Sindrome del Guiño Peronista. “Ustedes nos joden, pero nosotros cantamos igual (Lo, lo, lo)”. “Ustedes nos apretan con esa ley de mierda y nosotros la firmamos, total después lo manejamos (Lo, lo, lo)”. “Ustedes nos llenan de Deuda Externa Inexistente, pero nosotros les pagamos una parte y los cagamos (Lo, lo, lo)”. “Ustedes colonizan nuestras formas musicales, pero nosotros cantamos Avellaneda´s Blues (Lo, lo, lo)”.

Facilitado, desde el punto de vista vocal, en la circunstancia de que la progresión melódica de “Lo, lo, lo” se inicia en la nota si bemol (grave) y culmina, a una octava de distancia en otra nota si bemol (aguda). Exactamente el centro de la frazada vocal promedio. Sobre el final, henchidos de patriotismo, algunos nos animamos a los arpegios culminantes, que tocan la nota fa (agudo) para mal de las cuerdas vocales silvestres. Es el momento de venganza del pueblo, condenado por Esnaola y sus secuaces a cantar el Himno Nacional en una tonalidad sólo apta para voces entrenadas o (en una menor proporción) favorecidas por el azar tonal.

En otro momento, abundaremos sobre la cuestión tonal del Himno. Es hora de que alguna mente sabia y generosa (no pícara, no ingeniosa), opere sobre la versión de nuestro Himno Nacional y adecue la tonalidad a las posibilidades de la mayoría. Somos muchos los que podríamos colaborar en tan loable tarea.